miércoles, 19 de agosto de 2009

Colombia y sus políticas educativas


Los elementos distintivos de las políticas y reformas educativas de los años noventa incluían: completa hegemonía de la concepción, según la cual la función prioritaria de la educación es la adecuación de los individuos para responder a las exigencias de los cambios económicos y al progreso científico y tecnológico; la instauración de la calidad y equidad como ejes de la política educativa; primacía del análisis económico y de los economistas en la toma de las decisiones educativas; mayor presencia financiera y técnica de los organismos internacionales en la política educativa; la parición de nuevos actores y protagonistas, entre los cuales se destacan el empresariado, las ONG y los padres de familia, quienes entran a participar de una manera más directa tanto en la concepción como en la ejecución de la política educativa; los directores y rectores comienzan a ser formados en la idea de gerentes y administradores; la educación básica, y en particular la educación primaria, es definida como prioritaria; los aspectos financieros y administrativos ocupan un lugar prioritario en las reformas educativas, y dentro de éstos la descentralización y la autonomía escolar; y por último, la evaluación de resultados, la información pública y la rendición de cuentas se erigen como los criterios centrales para el control de las instituciones educativas.

Se supone que en algunos desarrollos y reglamentaciones legales de la Constitución del 91 y en los planes generales y sectoriales de desarrollo de los tres últimos gobiernos, principalmente en las medidas que componen la contrarreforma educativa de la administración Pastrana, la política educativa oficial del último decenio se rigió en lo primordial por las concepciones, tendencias y políticas educativas internacionales que se acaban de mencionar. Esta realidad no deberá extrañar, si se tiene en consideración que desde el mismo momento en que Colombia se matriculó en la propuesta del desarrollo ideada por las potencias capitalistas occidentales para sacar del atraso y la pobreza a los países del tercer mundo, la educación nacional ha estado sujeta por las concepciones y políticas promovidas desde dicha propuesta.

Hay que resaltar que aunque estas concepciones y políticas tienden a ser cada vez más semejantes, su aplicación en cada país depende de diferentes factores, especialmente de la política económica y fiscal del gobierno de turno, la cual a su vez, se formula y ejecuta conforme a las exigencias, recomendaciones o consejos de los organismos multilaterales de crédito. Colombia no ha sido la excepción. Pues el anhelo de democratizar la educación en Colombia ha sido una constante a lo largo de toda nuestra historia: Cada gobierno promete el sueño de una formación escolar universal, obligatoria y gratuita, que permitirá a las clases sociales más desfavorecidas, la posibilidad de acceder a mejor calidad de vida. Decimos sueño, porque en Colombia la cuestión educativa aún no constituye una prioridad nacional. Siempre sujeta al vaivén de las preocupaciones coyunturales, mezquinos intereses y juegos de poder, ocupa hoy un último renglón de los gastos presupuestales -honroso lugar compartido con la inversión en Salud, por supuesto.

En la Colombia rural de principios del siglo XX, todo intento por volver la instrucción elemental obligatoria se vio frustrado por la negativa de los padres a que sus hijos esquivaran el trabajo en los campos, por ir a perder el tiempo en las escuelas. Las élites, en cambio, pagaban preceptores privados o enviaban a sus hijos a los escasos establecimientos privados administrados por la Iglesia. Con la industrialización de ciertas regiones, el crecimiento demográfico y la emigración hacia la ciudad, una nueva generación de padres exigió al Estado escuelas públicas para sus hijos –ya que las únicas existentes eran propiedad de particulares o del clero- Sin embargo, el gobierno tenía otras preocupaciones, y como dijimos anteriormente, la educación no figuraba entre ellas.

De hecho, el desarrollo de la educación en Colombia no tiene lugar sino porque se perfeccione la educación privada, primero reservada a las élites y luego abierta poco a poco a las clases medias, lo que le permite al Estado concentrar sus acciones en las clases medias y populares. Esta estructura no es nueva: desde la época colonial a cada categoría social corresponde una línea educativa definida y el paso de una a otra es excepcional. Prácticamente desde los años 1950 hacia acá, las clases medias y superiores envían a sus hijos a la enseñanza privada desde la escuela primaria.

El sector público empezó a cubrir exclusivamente las clases más populares y, por ende, a ser despreciado. Aquí el aporte de la Iglesia a la obra educativa del Estado es fundamental. Este último, por razones de presupuesto, de infraestructura y de personal, no pudo rechazar el apoyo de la Iglesia, y por eso la estimula concediendo subsidios a los establecimientos privados. El resultado es que aún en periodos de modernización, la enseñanza confesional no es puesta directamente en cuestión y su peso no disminuye.





Reflexión acerca de la misión educativa actual


Sabemos que las políticas educativas que en el último decenio han dominado en las esferas gubernamentales y concentrado los esfuerzos de los organismos de planeación y hacienda del país son: la reducción del gasto público en educación o, en el menos malo de los casos, la disminución o control de su crecimiento; el mejoramiento de la gestión del sector; la adopción de la eficiencia, la equidad, la calidad y la eficacia como ejes de la política educativa; el fortalecimiento de la educación privada; la introducción de la evaluación y el control social como estrategias para mejorar la calidad y la gestión de la educación; el centramiento de la actividad de la institución escolar en el aprendizaje; la implantación de un sistema de información como instrumento para el mejoramiento de la gestión y la calidad; y por último, la flexibilización de las formas de vinculación y remuneración de los maestros.

Era objetivo nacional regular la reducción y control del gasto público en educación teniendo en cuenta la sustitución de la financiación a la oferta por la financiación a la demanda, que se promueve a través de la asignación de subsidios a las familias pobres para pago de matrícula y pensión en instituciones privadas (esto incluiría la contratación por parte del Estado de servicios educativos con organizaciones particulares, la entrega en concesión de colegios oficiales a instituciones educativas privadas y la oferta de crédito tanto a las familias como a las instituciones).

Además, el Estado se habría de preocupar por la focalización del gasto público en los más pobres (estratos uno y dos), que implica concentrar el esfuerzo estatal en la financiación de la educación básica primaria y secundaria y el esfuerzo de las familias en la financiación de la educación media y superior, por la redistribución el gasto del gobierno central en educación hacia las regiones geográficas con menor oferta de cupos en el nivel de educación básica primaria y por aplicación del mandato constitucional de la gratuidad solamente para los estratos uno y dos, entre otras medidas.

Sin embargo, en la época actual, el fracaso del Estado en su misión educativa se evidencia en la precaria situación de las escuelas, colegios y universidades del país. La llamada “Revolución educativa”, emprendida por la actual administración del señor Álvaro Uribe Vélez, ha empobrecido notablemente la calidad de la educación pública y -de manera indirecta- ha perjudicado algunas interesantes propuestas pedagógicas, emprendidas por pequeñas instituciones privadas.

La ampliación de la cobertura a la escolaridad elemental, se adelantó sin la correspondiente inversión en la adecuación y renovación de los establecimientos educativos ya existentes, y en la creación de los necesarios para suplir la gran demanda. El resultado: aulas hacinadas donde un solo maestro debe hacer frente a un conglomerado de no menos de cincuenta estudiantes. La inversión en la capacitación del docente es nula.

Hoy vemos que las Normales no abundan precisamente, y tal como lo hemos podido constatar a lo largo de la Licenciatura, los nuevos docentes se gradúan para seguir enseñando de la misma manera rutinaria que sus maestros les enseñaron, reproduciéndose generación tras generación la misma pedagogía, sin que se vislumbre una manera clara de romper este círculo vicioso.

domingo, 4 de marzo de 2007

SAVATER, Fernando. El valor de educar. Barcelona: Ariel, 1991.

El valor de educar de Fernando Savater es un lúcido ensayo en el cual este famoso intelectual español manifiesta sus concepciones filosóficas sobre la naturaleza, fines y sentido del quehacer educativo. El título del libro juega con la polisemia de la palabra valor; sugiere por un lado lo importante que resulta el proceso de aprendizaje de los seres humanos pero también da fe del coraje que precisa el educador para realizarlo. El libro de este filósofo, activista, novelista y periodista vasco se encuentra dividido en seis capítulos antecedidos por un breve prólogo y precedidos por un epílogo. Como documentos anexos encontramos algunas sugerencias bibliográficas seguidas de fragmentos de textos de reconocidos pensadores que al igual que Savater se han consagrado a la reflexión pedagógica.
En su Carta a la maestra, prólogo del libro, Savater dignifica la labor docente y reivindica la razón de ser del magisterio. Rescata la importancia del papel socializador de maestros y maestras de la primera infancia, y resalta que la enseñanza básica debe ser prioritaria en inversión de recursos, atención institucional y preocupación de la opinión pública. El filósofo español reconoce que la motivación que lo incitó a escribir este libro reside en la crisis actual de los sistemas educativos, pero manifiesta que sus pretensiones con el mismo son más bien humildes; no se propone concentrarse en problemas demasiado específicos de la educación sino en lo que a su juicio es esencial en la misma. Se dispone pues a elaborar una reflexión sobre el quehacer educativo que resulte “intemporal e históricamente válido”. Como introducción a su ensayo, el autor nos formula esta certera definición del proceso de formación educativo: “Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender (…) en que hay cosas que pueden ser sabidas y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento”[1]

En El aprendizaje humano, primer capítulo del libro, el filósofo español afirma que la humanidad de los hombres y las mujeres no es sólo un atributo dado por la naturaleza, sino por el contrario, un estado posterior al cual se llega mediante la perfección constante. Nuestra humanidad biológica necesita una confirmación a posteriori que sólo se logra a través de la experiencia, y por ende, del aprendizaje. Savater resalta la importancia vital de la cultura, de la interacción y de la vida en sociedad como condición necesaria para que las personas adquieran su humanidad. La posibilidad de ser humano sólo se consigue gracias al intercambio con los demás, al diálogo del niño con el adulto, a quien tratará de imitar y quien tratará de enseñarlo. Para este ensayista “el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten”[2]. Respecto a la naturaleza del aprendizaje, Savater distingue entre procesar información y comprender significados, caracterizando a este último como uno de los objetivos más relevantes hacia los cuales debe tender la formación de las personas. Según él, no sólo se trata de enseñar a pensar sino también y sobre todo, de aprender a pensar sobre lo que se piensa.

En cuanto a Los contenidos de la enseñanza, el autor muestra que la educación transmite dos conocimientos básicos: que el ser humano convive en sociedad y sólo mediante el intercambio con los otros puede desarrollar sus potencialidades, y que hace parte de un ámbito cultural que no termina en el presente sino que se extiende a través del tiempo. Esta misma conciencia del tiempo transcurrido, de la experiencia acumulada, es la que nos asegura que podremos ser educadores en cualquier momento de nuestra vida. Toda persona está en condición de enseñarnos algo. El mutuo aprendizaje es un proceso que resulta generalizado y necesario en toda comunidad humana.
Desde el punto de vista de la recepción de esta obra, podemos asegurar que la lectura de Fernando Savater resulta una experiencia enriquecedora para aquellas personas vinculadas al ámbito de la formación educativa. Acudimos a la lectura de un texto imprescindible que arroja una mirada lúcida sobre el quehacer docente, que sugiere diversos caminos a seguir, que aunque no se muestra complaciente ante la actual problemática de la educación, propone de manera optimista y certera diversas alternativas de solución. Este ensayo cuestiona, sorprende, conmueve y deja abiertos muchos interrogantes que debemos responder no sólo en calidad de lectores sino sobretodo como futuros educadores.

Entre las calidades formales de este ensayo, podemos resaltar la evidente intención pedagógica que lo alienta. El autor expresa sus reflexiones de forma deliberadamente didáctica, buscando la comprensión de un lector no especializado en el arte de la educación. A lo largo de su exposición Savater sostiene un estilo conciso, esquemático, que aunque se refiere a cuestiones abstractas de la filosofía, la pedagogía y la historia, deriva muchas veces en los terrenos de la escritura literaria. La profundidad y exhaustiva documentación sobre la cual sustenta sus aportes conceden a su ensayo la intemporalidad de lo necesario. El valor de educar es un libro que toda persona, y especialmente todo educador, debe conocer y frecuentar.



[1] 18 p.
[2] 31 p.