El valor de educar de Fernando Savater es un lúcido ensayo en el cual este famoso intelectual español manifiesta sus concepciones filosóficas sobre la naturaleza, fines y sentido del quehacer educativo. El título del libro juega con la polisemia de la palabra valor; sugiere por un lado lo importante que resulta el proceso de aprendizaje de los seres humanos pero también da fe del coraje que precisa el educador para realizarlo. El libro de este filósofo, activista, novelista y periodista vasco se encuentra dividido en seis capítulos antecedidos por un breve prólogo y precedidos por un epílogo. Como documentos anexos encontramos algunas sugerencias bibliográficas seguidas de fragmentos de textos de reconocidos pensadores que al igual que Savater se han consagrado a la reflexión pedagógica.
En su Carta a la maestra, prólogo del libro, Savater dignifica la labor docente y reivindica la razón de ser del magisterio. Rescata la importancia del papel socializador de maestros y maestras de la primera infancia, y resalta que la enseñanza básica debe ser prioritaria en inversión de recursos, atención institucional y preocupación de la opinión pública. El filósofo español reconoce que la motivación que lo incitó a escribir este libro reside en la crisis actual de los sistemas educativos, pero manifiesta que sus pretensiones con el mismo son más bien humildes; no se propone concentrarse en problemas demasiado específicos de la educación sino en lo que a su juicio es esencial en la misma. Se dispone pues a elaborar una reflexión sobre el quehacer educativo que resulte “intemporal e históricamente válido”. Como introducción a su ensayo, el autor nos formula esta certera definición del proceso de formación educativo: “Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender (…) en que hay cosas que pueden ser sabidas y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento”[1]
En El aprendizaje humano, primer capítulo del libro, el filósofo español afirma que la humanidad de los hombres y las mujeres no es sólo un atributo dado por la naturaleza, sino por el contrario, un estado posterior al cual se llega mediante la perfección constante. Nuestra humanidad biológica necesita una confirmación a posteriori que sólo se logra a través de la experiencia, y por ende, del aprendizaje. Savater resalta la importancia vital de la cultura, de la interacción y de la vida en sociedad como condición necesaria para que las personas adquieran su humanidad. La posibilidad de ser humano sólo se consigue gracias al intercambio con los demás, al diálogo del niño con el adulto, a quien tratará de imitar y quien tratará de enseñarlo. Para este ensayista “el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten”[2]. Respecto a la naturaleza del aprendizaje, Savater distingue entre procesar información y comprender significados, caracterizando a este último como uno de los objetivos más relevantes hacia los cuales debe tender la formación de las personas. Según él, no sólo se trata de enseñar a pensar sino también y sobre todo, de aprender a pensar sobre lo que se piensa.
En cuanto a Los contenidos de la enseñanza, el autor muestra que la educación transmite dos conocimientos básicos: que el ser humano convive en sociedad y sólo mediante el intercambio con los otros puede desarrollar sus potencialidades, y que hace parte de un ámbito cultural que no termina en el presente sino que se extiende a través del tiempo. Esta misma conciencia del tiempo transcurrido, de la experiencia acumulada, es la que nos asegura que podremos ser educadores en cualquier momento de nuestra vida. Toda persona está en condición de enseñarnos algo. El mutuo aprendizaje es un proceso que resulta generalizado y necesario en toda comunidad humana.
En El aprendizaje humano, primer capítulo del libro, el filósofo español afirma que la humanidad de los hombres y las mujeres no es sólo un atributo dado por la naturaleza, sino por el contrario, un estado posterior al cual se llega mediante la perfección constante. Nuestra humanidad biológica necesita una confirmación a posteriori que sólo se logra a través de la experiencia, y por ende, del aprendizaje. Savater resalta la importancia vital de la cultura, de la interacción y de la vida en sociedad como condición necesaria para que las personas adquieran su humanidad. La posibilidad de ser humano sólo se consigue gracias al intercambio con los demás, al diálogo del niño con el adulto, a quien tratará de imitar y quien tratará de enseñarlo. Para este ensayista “el hecho de enseñar a nuestros semejantes y de aprender de nuestros semejantes es más importante para el establecimiento de nuestra humanidad que cualquiera de los conocimientos concretos que así se perpetúan o transmiten”[2]. Respecto a la naturaleza del aprendizaje, Savater distingue entre procesar información y comprender significados, caracterizando a este último como uno de los objetivos más relevantes hacia los cuales debe tender la formación de las personas. Según él, no sólo se trata de enseñar a pensar sino también y sobre todo, de aprender a pensar sobre lo que se piensa.
En cuanto a Los contenidos de la enseñanza, el autor muestra que la educación transmite dos conocimientos básicos: que el ser humano convive en sociedad y sólo mediante el intercambio con los otros puede desarrollar sus potencialidades, y que hace parte de un ámbito cultural que no termina en el presente sino que se extiende a través del tiempo. Esta misma conciencia del tiempo transcurrido, de la experiencia acumulada, es la que nos asegura que podremos ser educadores en cualquier momento de nuestra vida. Toda persona está en condición de enseñarnos algo. El mutuo aprendizaje es un proceso que resulta generalizado y necesario en toda comunidad humana.
Desde el punto de vista de la recepción de esta obra, podemos asegurar que la lectura de Fernando Savater resulta una experiencia enriquecedora para aquellas personas vinculadas al ámbito de la formación educativa. Acudimos a la lectura de un texto imprescindible que arroja una mirada lúcida sobre el quehacer docente, que sugiere diversos caminos a seguir, que aunque no se muestra complaciente ante la actual problemática de la educación, propone de manera optimista y certera diversas alternativas de solución. Este ensayo cuestiona, sorprende, conmueve y deja abiertos muchos interrogantes que debemos responder no sólo en calidad de lectores sino sobretodo como futuros educadores.
Entre las calidades formales de este ensayo, podemos resaltar la evidente intención pedagógica que lo alienta. El autor expresa sus reflexiones de forma deliberadamente didáctica, buscando la comprensión de un lector no especializado en el arte de la educación. A lo largo de su exposición Savater sostiene un estilo conciso, esquemático, que aunque se refiere a cuestiones abstractas de la filosofía, la pedagogía y la historia, deriva muchas veces en los terrenos de la escritura literaria. La profundidad y exhaustiva documentación sobre la cual sustenta sus aportes conceden a su ensayo la intemporalidad de lo necesario. El valor de educar es un libro que toda persona, y especialmente todo educador, debe conocer y frecuentar.
[1] 18 p.
[2] 31 p.
Entre las calidades formales de este ensayo, podemos resaltar la evidente intención pedagógica que lo alienta. El autor expresa sus reflexiones de forma deliberadamente didáctica, buscando la comprensión de un lector no especializado en el arte de la educación. A lo largo de su exposición Savater sostiene un estilo conciso, esquemático, que aunque se refiere a cuestiones abstractas de la filosofía, la pedagogía y la historia, deriva muchas veces en los terrenos de la escritura literaria. La profundidad y exhaustiva documentación sobre la cual sustenta sus aportes conceden a su ensayo la intemporalidad de lo necesario. El valor de educar es un libro que toda persona, y especialmente todo educador, debe conocer y frecuentar.
[1] 18 p.
[2] 31 p.
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